Good bye to all

Es fácil ver el inicio de las cosas, pero muy difícil ver el final. Recuerdo como si fuera ayer cuando Nueva York empezó para mi, pero me cuesta acordarme del momento en que terminó, ese momento en el que la chica de la historia dejó de ser optimista y empezó a dudar.

Cuando vi por vez primera Nueva York era primavera, recuerdo que subí al taxi y al cruzar el puente a Manhattan y pasar por calles que sólo había visto en películas no pude evitar soltar una lagrima, estaba ahí... Casi como si de fondo escuchara la canción de Frank Sinatra, 'New York New York'.

Por supuesto la llegada no fue idílica. Llegué a un departamento en SoHo, lugar conocido por sus precios caros y gente producida caminando por las calles. La realidad es que el espacio era mínimo, me alojé en la casa de mi amiga en un lugar que parecía salido de cuento, pequeño como nunca había visto, pero muy lindo. Por la tarde salí a caminar y vi las tiendas a mi alrededor, cosas incomprables, Miu Miu, Chanel, Mulberry y Prada. Al cerrar y ver los escaparates te das cuenta de la magia que llena la zona, en la que todo se ilumina por maniquies que parecen salidos de cuento. El contraste por otro lado, era caminar entre ratas y botes llenos de basura. Te acostumbras a eso y te das cuenta que no le quita lo elegante , al contrario, lo hace urbano y real. Por los siguientes días pasé un calor infiernal con un AC que no servía y sudando la gota gorda en una litera que me permitía escuchar a los vecinos de arriba que diario tenían una sesión bastante pasional y agresiva. 

Pasé el primer verano hablando por teléfono con el chico con quien sabía que nunca me casaría, a pesar de haber llegado a la ciudad con un anillo en el dedo y la intención de encontrar un vestido de novia. Le dije que estaría dos meses mientras veía el Hudson River desde una banca... me quedé tres años. 

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Al parecer esos días fueron más felices, aquellos en los que no distinguía cuál puente era cuál. Hay algo que quiero explicar, y es lo que significa ser joven en Nueva York y como dos meses se pueden convertir en años; como una secuencia se torna borrosa conforme pasa el tiempo entre gin tonics, happy hours y romances que se disuelven en el camino. Llegué de veintitantos sin una casa fija rodando por Manhattan y salí de treinta y uno por la puerta de mi hogar en Brooklyn. Pero lo más importante es explicar porque decidí no vivir más en Nueva York.

Se dice que Nueva York es sólo para los ricos, para aquellos que van de paso o para los jóvenes soñadores. 

Recuerdo un día de invierno en el que asistí a mi primer pasarela de Fashion Week y esperaba con ansías ese momento, llegué nerviosa y asustada. Totalmente producida para la ocasión. Luego, después de seis temporadas recuerdo el último al que asistí, y como me puse los tenis, mi abrigo de batalla y un sombrero, sin angustia ni nervios, sin esa emoción que te mata, casi con flojera, así es como evoluciona mi historia en La Gran Manzana.

No fue sino hasta el tercer año que me di cuenta de los cambios, pues los primeros dos estaba enamorada de la ciudad sin importar lo mal que me tratara. Casi como cuando te enamoras de un hombre, de sus defectos y cualidades y como le perdonas cada error y mejora con el tiempo. Caminar por las calles oliendo las tiendas, la gente con ropa cara y el contraste del metro y su ruido constante que avisa que va llegando y apenas tienes tiempo de correr y alcanzarlo. Esos vagabundos que ya distingues en las calles de Lexington y los 'delis' de la esquina que te salvan de cualquier imprevisto. No paraba de asombrarme y pensar que me encontraría con gente extrarodinaria que cambiaría mi vida. A pesar de lo caro que era vivir ahi, jamás le pedí dinero a nadie pues nunca hubiera descubierto si lo podía lograr por mi misma. 

Empecé a crear mis propias reglas, jamás me sentí desprotegida, pues conseguía y vivía como me gustaba, pero a veces, caminando por el High Line, veía los departamentos con sus habitantes comiendo en sus cocinas de diseño industrial, con candelabros y lámparas de miles de dólares mientras la gente de servicio les servía la cena. Sólo entonces me sentía algo 'pobre'. Sin embargo, siempre que tuve problemas de dinero lo resolvía, ya fuera escribiendo un artículo de último minuto, asistiendo en una sesión de fotos o enseñado español en el Upper East Side. 

Conocí a gente con historias abrumadoras, vendedores de arte, exiliados de Ucrania, chicas Rusas que se dedicaban a seducir gringos, millonarios que organizaban fiestas en sus casas de Upper West Side e invitaban a prostitutas para amenizar la fiesta, (Sí... yo me colé a esa fiesta con un par de amigas, y no me di cuenta hasta muy tarde de la situación), sólo disfruté de la comida y bebida e incluso puse la música. Conocí a profesores de Columbia, a un buen amigo periodista de 60 años con una esposa coreana que me invitaba a todos los eventos a los que asistía como corresponsal. En fin, la lista es interminable. 

La posición de no ser parte de la comunidad newyorkina, de no sentirte parte-de, se empezó a disolver a principios del segundo año, cuando comprendí a la ciudad y empecé a fluir con ella. Al inicio sientes que todos te empujan y no sabes a donde ir, después te das cuenta que caminas sin pensar por donde, que ya sabes todo lo que hay que saber, tienes contactos de todo y ayudas a los demás. Dejas de tener un avión de regreso y sabes que ese es tu hogar. Pero había casos en los que seguía siendo difícil. Por ejemplo, en Navidad o Thanksgiving... los locales iban a sus casas con sus familias en Connecticut,  Upstate o Westchester. Mientras que los foraneos siempre organizabamos eventos en conjunto para no estar solos. Los newyorkers no entendían el asombro que causa esa ciudad, crecieron yendo de compras por la Quinta Avenida, sus tíos les regalaban juguetes de F.A.O. Schwarz, sus viajes de verano eran a los Hamptons. Para ellos es una ciudad más...

Otra cosa que nunca entendí es porque la gente compra muebles sin etender lo efímera que es la ciudad, yo jamás compré uno sólo. Siempre los conseguía en las calles. Excepto mi colchón, ese sí lo compré. La realidad es que de una u otra forma siempre me llegaban las cosas, a veces me las daban mis amigos que se mudaban de improvisto y les salía mas caro quedarse con las cosas porque los multaba el edificio. Al final lo ideal es comprar muebles usados o de Ikea, pues sabes que de una u otra forma la ciudad tiene tiempo límite y no conviene invertir en objetos decorativos para el hogar. Yo sabía eso y me daba cuenta que no quería adquirir nada porque no sabía cuanto más iba a durar. Me di cuenta que no me importaba ir donando la ropa que no usaba, cada vez quería deshacerme de todo lo que me quitaba espacio, ese fue mi último año, el de mis 31, en el que me di cuenta que no todos mis sueños se iban a cumplir, que algunas personas siempre te van a traicionar y que a veces solo postergas el final y lo que sabes que tienes hacer para tomar la desición.

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¿Acaso esto es todo? ¿Promesas que no se cumplen? Nueva York se volvió un conjunto de recuerdos: el pasar de la metrocard, el olor de Bloomingdales, mis sábanas de 1000 hilos que compré en un puesto en Harlem por 10 dólares, mis partidos de tenis frente al Hudson River en SoHo, flores plantadas en las jardineras cuando llega el verano, chicas en ropa de gimnasio aunque no hagan ejercicio, ropa negra como base de mi armario, la entrada de mi casa llena de nieve. Recuerdo un día que terminé la fiesta en Tribecca a las cinco de la mañana. Fui a casa de unos amigos en Park Avenue y salí a las seis, cuando apenas estaba saliendo el sol iba caminando hasta mi casa en la 35 y 3a, los puestos de flores ya estaban listos y sólo pasaban taxis perdidos. Era una sensación de paz dentro del caos.

Recuerdo como llegué a tumbarme en la cama y dormí por horas. El olor a café me despertó y una platica con mi flatmate me hizo recordar las aventuras de la noche. Ese día vimos los Oscares desde mi cuarto, fuimos por una sliced pizza de la esquina y un six pack de cervezas bluemoon. Así se veía venir el otoño. 

El segundo año seguía enamorada de la ciudad pero ya empezaba a cansarme la idea de otra Navidad sin mi familia, de salir con gente sin ganas de llegar a nada y de visitas que terminaban dejándome más triste que lo feliz que era al verlas llegar. La soledad de Nueva York me estaba pegando. Pasaba mas tiempo durmiendo en mi ex departamente que en el mío, pues el sentimiento de familiaridad me reconfortaba y aún vivían ahí grandes amigas. Además quedaba a una cuadra de mi hogar actual, en ese entonces en Williamsburg, y eso lo hacía muy fácil. Algunas veces despertaba y solo me ponía mis botas de nieve, una bufanda y con la pijama abajo del abrigo, me iba directamente a mi viejo departamente, paraba por un café en la esquina y llevaba la computadora en mano. Duraba hasta que se metía el sol en esa casa, comía y trabajaba en compañía de mis vecinas/amigas/todo. 

Me gustaba salir en mi barrio, ir a bares y al brunch con mis amigos de Brooklyn, pero cada vez eran mas mis ganas de no salir de casa, que las ganas de descubrir nuevos lugares o personas, era un sentimiento de que ya había visto todo lo que tenía que ver. Claro, siempre hay cosas nuevas, pero ya no esperaba nada. 

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Todavía no entiendo cuando empecé a entender eso, ya no creía que conocería a gente maravillosa pues ya había conocido a la más posible, ya no me emocionaba ir a Manhattan, de hecho el fin de semana estaba vetado, a menos que hubiera algo excepcional, me quedaba en la tranquilidad de Williamsburg y solo salía en el área. Tenia prohibido ir de compras en la 34, ir a Macy's a menos que fuera una emergencia y ni de broma ir a Times Square. Jámas subí el Empire State ni fui a ver la Estatua de la Libertad pues estaba sobrevaluado. 

Lastimé a personas que quería y me lastimaron, me distancié de mis amigos y raíces en mi país de origen, lloré en todos los espacios públicos posibles, el metro, el avión, mi calle, la lavandería y todos los ubers posibles. Conocí a gente nueva y a la vez empecé a quedarme sin trabajos, a gastarme mis ahorros y a perder las ganas de buscar nuevas cosas, me di cuenta que todo lo que deseaba ya lo había hecho o intentado al menos. Entonces me puse un tiempo límite, vendí mis muebles (¡SÍ!, esos que saqué de la calle), y renté mi habitación para el siguiente mes. Con eso arreglado sólo siguió renunciar a mis dos trabajos de ese momento y seguir escribiendo como si nada pasara. Compré un avión para Aspen, de esa manera mi regreso no sería tan directo y haría una escala un tanto glamourosa en el paraíso del esquí. 

Ahora que estoy en México, tampoco se por cuanto tiempo, me es muy difícil responder cuando la gente me pregunta: ¿Porque regresaste? ¿Cómo puede alguien cansarse de NY? ¿Porqueeeee??? Entonces me quedo pensando que aún no entiendo ni yo misma la razón, pero recuerdo todo esto y se que es imposible decir en una frase lo que sucedió. Explicarles que hay que tener mucho dinero para vivir ahí, que no es el mejor lugar para tener familia, o los espacios son muy pequeños. Sólo se me ocurre contestar: Ya estaba cansada... O sólo sonreír en silencio, a veces esa es la mejor respuesta. 

No sabes las ganas que tengo de ir a Nueva York, visitar a mis amigos, aquellos que aún siguen luchando y logrando sueños. Se que muchas cosas serán diferentes y mucha gente no estará ahí... habrá otras que seguirán igual como si el tiempo no pasara, pero pase lo que pase Nueva York siempre estará ahí para mí, y sobretodo, Nueva York esta en mí.